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“Amo este club”

A Walter Daniel Ramírez sólo se lo puede ubicar de noche. Claro, es que trabaja hace 17 años en la portería del club en el horario nocturno. Personaje como pocos, todo el tiempo bromea y a cada persona que entra o se va le regala una sonrisa. “Me acuerdo del día que llegué. Estaba con pelo largo y aritos, al otro día me lo tuve que cortar y sacarme todo”, cuenta entre risas.

Nacido en Escobar e hijo de Sevilda, la cocinera del club, siempre trabajó de noche porque durante el día se dedica a instalar aires acondicionados. “Amo este club, tengo un sinfín de anécdotas que quedarán de por vida en mi mente”, asegura. “Conozco a todos, no se me escapa nadie (risas) y sé los movimientos del club. Obviamente es parte de mi trabajo”, dice.

Cuando se le pregunta por lo jugadores de básquetbol, lo primero que atina a decir es “son unos fenómenos todos”, y todavía repercute en su memoria la llegada de Pipa Gutiérrez y Alejandro Alloatti y de reclutados como Diego Lamuedra, a quien lo llamaba Diego “La muerte”, Gaido y Martín Gareis. “Me divertía mucho, en esa época me escondía en los baños químicos y cuando pasaban los asustaba y salían corriendo como locos. Imaginate a Juancito, con lo alto que es, saltando del susto”, cuenta a las carcajadas.

Después, el camino de la charla llega a la época de los recitales en El Templo del Rock. Walter recuerda muy bien a los famosos a los que le levantó la barrera. “Me crucé con muchos. A Diego Maradona, cuando venía a ver a Los Piojos, a Moria Casan, a Gabriela Sabatini… Muchas veces trabajaba los fines de semana en los recitales en la parte de control, así que disfrute de buena música en vivo. Pude presenciar conciertos de, por ejemplo, Los Ramones, Viejas Locas y La Renga. Fueron momentos increíbles”, repasa.

Padre de Juan Cruz, de 18 años, Mariano, de 16, y Bautista, de 8, recuerda que cuando comenzó a trabajar en el club salía a las seis de la mañana y se cruzaba enfrente a vender diarios para pagar los pañales de sus hijos.

Al mismo tiempo, no para de repetir lo mucho que ama al club y que, pese a sus jóvenes 39 años, le gustaría jubilarse en la institución. “A mí me hace feliz venir a trabajar, uno está a gusto, está con gente buena”, asegura. Walter vive en Benavídez, con su mujer y los chicos. “Gracias Dios tuve la posibilidad de comprarme el auto con mucho esfuerzo, y ahora el viaje se me hace mucho más corto que cuando tenía que ir y venir en colectivo”, agradece.

Como todos los héroes anónimos, Walter deja volar sus sueños: “Yo quisiera tener una estabilidad económica, poder criar a mis hijos y en un futuro poder ayudarlos a comprarse algún terreno para que puedan formar sus propias familias y me hagan abuelo. Ahora trabajo sólo para eso, lo mío ya lo cumplí”, remata.

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