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Tierra de promesas: Marziali

En todo grupo humano es indispensable un bromista. Siempre está esa persona que le pone buena onda a cada situación para descontracturar lo cotidiano. Ese perfil le calza perfecto al Colo Mateo Marziali: “Mi hobbie número uno es molestar a los chicos”, dice entre risas.

Marziali, de 17 años (nació el 14 de noviembre de 1996), 1.93 metro y 91 kg, llegó a Obras Basket en 2012, proveniente del Partido bonaerense de Rojas. De un lugar de aproximadamente 23 mil habitantes a las luces de la gran ciudad. “Los primeros días me costaron un poquito, pero los chicos, en ese momento con Martín Gareis a la cabeza, me acoplaron muy bien en el grupo. Esa buena onda hacía que me olvide un poco de mi familia”, afirma. Además, la presencia de sus tíos en Capital y la cercanía con su ciudad natal (260 km.), que permite que mamá Marisa, papá Guillermo y su hermano Guido se acerquen a verlo jugar los fines de semana, atenuaron el desarraigo.

Mateo comenzó a picar una pelota de básquetbol a los cuatro años en Sportivo, el único club de Rojas, donde sus papás jugaron, pero “así nomás”. “Por suerte, mucho tiempo después pude venir a Obras para mejorar. Me gustó el club y acá estoy, muy contento”, comenta. ¿Cómo vive en la casa con los reclutados? “Nos llevamos todos bien. Obviamente que, al haber ocho personas conviviendo, siempre hay discusiones. Somos hombres y tenemos nuestro carácter, pero tampoco es que hay conflictos. A pesar de la diferencia de edad, somos como una familia”, confiesa. Todavía recuerda un hecho particular de su arribo al aurinegro. “En el equipo de la Liga jugaban Pipa Gutiérrez y Martín Osimani. Yo, que los veía por la tele, me sorprendí que me saludaran como uno más. ´Hola Colo, ¿cómo andás?´, me decían. Era impactante que me saluden, que se acuerden de mi nombre o que el Pipa hasta me regale ropa. Fue algo que me quedó marcado. Después nos visitaban en la casa con Pablito Espinoza. Yo no lo podía creer, sacaba fotos y después se las mostraba a mis amigos”, cuenta. El Colo, que está en quinto año del Instituto Dr. José Ingenieros, asegura que “siempre hay que estudiar un poquito. A veces estoy medio vago y llega un llamadito desde Rojas para que me ponga las pilas porque si no me vuelvo”, se ríe.

Haciendo un repaso por sus gustos y hobbies, el escolta/alero disfruta de compartir tiempo con sus compañeros y, de vez en cuando, “comer un asadito” e ir al cine. Además, le gusta ir a pescar, jugar al tenis y al fútbol, a pesar de aclarar que la pelota en los pies no es su fuerte. Se declara “muy competitivo. No me gusta perder ni al ajedrez”. La lectura de libros no lo atrapa, sino que elige los diarios de Rojas para informarse de lo que pasa en sus pagos. Su serie de televisión de cabecera es la súper exitosa Lost.

Más allá de todo, el básquetbol es su vida. “Veo mucho, me gusta la Euroliga además de la NBA y la Liga Nacional. Miro el juego y trato de copiar cosas, aunque después no me salgan”, remarca. Y agrega: “No tengo referentes, pero sí creo que Manu (Ginóbili) y Luifa (Scola), las caras del básquetbol argentino, son todo lo que cualquier jugador quiere llegar a ser”.

Como Lugrín, su amigo inseparable de ruta, también elige el título sudamericano que logró con la Selección argentina U17 como el punto cumbre de su carrera. La alegría fue doble porque aparte fue capitán de ese equipo. Al mismo tiempo, se suelta y sueña con “ser parte estable del equipo de Liga Nacional de Obras y estar en la rotación. Es un sueño que tengo desde chiquito y sé que se puede cumplir si trabajo duro”.

FUENTE: Emilio Hamilton para Prensa Obras Basket

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